Hace días que comencé mi trayecto por este desierto.
Aún conservo agua
y cada grado enjaula una gota y la envía al viento.
Maldito frío nocturno que
me hace cargar con mantas.
Maldito calor diurno que
intenta alargar mis segundos.
Hace frío y yo me tumbo junto a la primera gran roca que encuentro.
Enciendo una hoguera y finjo que estoy ardiendo.
Y miro las estrellas que parecen de hielo en este desierto
—mirar hacia el pasado se llama—.
Lo cierto es que a veces uno prefiere
morir por cambios que morir por quieto,
por eso sigo caminando
y no hago caso al tiempo
—y me ahogo en mi reloj de arena,
pero lo hago en secreto—.
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